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18/04/07
GOLONDRINAS

Visitando un edificio que estábamos a punto de entregar vi un nido de golondrinas en los sótanos, en la zona de aparcamiento. Los trabajadores lo habían roto y sólo quedaba, pegado a la pared, un pequeño trozo de barro con forma de tazón.
Mientras hacíamos fotos, los pájaros entraron en el parking y se acercaron al nido, revoloteando durante un instante sobre él, desconcertados. Creo que en aquel instante se percataban de que todos sus planes se habían roto. No pondrían allí sus huevos. No alimentarían allí a sus poyuelos. Se posaron durante un instante en una tubería frente a los restos de su nido y salieron del sótano por una ventana de lamas.
Pensé en lo rápidamente que se habían repuesto de tan duro golpe y seguí acompañando al tasador del banco, que ajeno al drama primaveral seguía haciendo fotos a las plazas de garaje. De repente regresaron, revoloteando nerviosas alrededor de la zona en la que, en el suelo, estaban esparcidos y pisoteados los restos de barro.
No se que habrá sido de la pareja de golondrinas, porque no seguí más tiempo en los sótanos.
A veces tengo la sensación de que hay algo que me impide estallar en todo lo que llevo dentro, como si un ancla oscura se aferrase a mi alma.
El dolor de la familia rota es mi pasado indeleble, y ahora que empiezo a valorarla sé que los demonios no desaparecen jamás.
“si acaso intentamos aprender a vivir con ellos”
Me sé único, y única es mi historia. El miedo a que aquello que me hizo daño se repita no me deja seguir mi camino con absoluta libertad, y por eso ciertos compromisos se me hacen cuesta arriba. Me abandono a los momentos de fácil confort que apenas duran una instante, pierdo el equilibrio y me puede la soledad –no esa en la que falta compañía, sino aquella en la que es uno mismo el que no llena el espacio, el que le duele al tiempo- y empiezo a alimentar certezas que me hacen pequeño. Crecen los errores del pasado y parecen realidades constantes; engorda la sensación de desorientación y parece perder peso todo aquello en lo que se que debo tener fe: mi propia fuerza, mi experiencia y mi alegría; lo que aprendo cada día y el cariño infinito no sólo de mi familia, sino de todos aquellos que me quieren y me respetan; mi futuro inconmensurable y cada uno de los paraísos en los que aún no he estado y que sin duda conoceré.
Pasa también que los procesos de aprendizaje exigen grandes dosis de humildad, y que llevo aprendiendo ya muchos años. Que en lo profesional he caminado con gran sacrificio, de sector en sector. Sumo esa incertidumbre a todo lo demás y el peso es grande... y sin más punto de referencia que el de mi existencia.
Nuevos o mejores puntos de referencia aparecerán -o no-. Cada individuo vive con sus fantasmas, sus proyectos y su percepción de la realidad. A lo mejor seguirá estando en mi o simplemente será algo que haga, un lugar o una idea...
Por el momento creo que solo debo buscar el equilibrio, armarme de paciencia y seguir aprendiendo. Seguiré hablando conmigo, escuchándome con atención. Escribiéndome a mi mismo lo que susurra mi tristeza, poniéndomelo delante y masticándolo.
Los nidos se reconstruyen o se trasladan mientras queden primaveras
“y eso que no somos ni por asomo golondrinas”
18:40 Permalink | Comentarios (4) | Enviar a Email
03/04/07
SEIKERASMANI
Villafranca de los Barros, Badajoz. Colegio “San José”
Recuerdo una noche en el internado jesuita, en la que violando una vez más todas las normas internas, trasnoché leyendo y escuchando música. Entonces esas actividades me convertían en un descubridor, en un aventurero salvaje que cruzaba cada nota y cada palabra para dar lugar a un entorno nuevo.
Las habitaciones eran monásticas –alguno podría definirlas como minimalistas en un arranque de optimismo-: apenas una cama, una mesa con su silla frente a un estrecho ventanuco y el lavabo junto a un desvencijado armario gris que yo había forrado con imágenes del Greco.
Esa noche salí al servicio, alejado de las camarillas: necesitaba hacer aguas mayores, ya que las menores acostumbraba a solventarlas sin reparos en el lavabo de la pequeña habitación. Llevaba mi walkman sintonizando Radio Clásica como única compañía. Sentado en la taza, en la penumbra, la melodía me envolvió. Creo que nunca después he vuelto a sentir aquella libertad inmensa ante la belleza creadora del hombre. Y la melodía continuaba, ya de regreso a la habitación, en un increchendo impetuoso que me hacía agitar los brazos como si fuese yo el guía de aquellas notas, con una inmensa sonrisa y los ojos desencajados de sus orbitas, en mitad de un pasillo apenas iluminado por las luces de emergencia, cerca de las tres de la mañana. La voz del locutor destrozó aquel instante sublime y a duras penas logré reconocer el nombre del autor: “Seikerasmani”.
Tiempo después he intentado, de mil maneras, localizar la obra de ese autor – y al autor mismo- sin éxito alguno. La melodía la olvidé, tan sólo queda el recuerdo de la sensación indescriptible que recorrió mi alma entera aquella noche, cuando con diecisiete años la belleza me traspasó para no volver con tal intensidad jamás.
Hasta una tarde hace seis meses. Escuchaba un doble CD recopilatorio de música clásica: “Calm and Tranquility”. Y ahí estaba, sonando de forma clara, perfecta y nitidamente reconocible por primera vez en veinte años. Concierto de piano Nº 2 de Sergey Rachmaninoff
“sergey rasmani”
“Seikerasmani”
17:15 Permalink | Comentarios (0) | Enviar a Email

