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19/03/07

LOS PRIMEROS HIJOS DE "MIA"


podcast


Siendo adolescente tuve una hembra de pastor alemán. Se llamaba "Mia". Era mi responsabilidad sacarla a pasear todos los días mañana, tarde y noche además de cuidar de su integridad sexual en época de celo.

"animalito"

Ya la primera vez que me enfrenté a su castidad vi como un andrajoso setter irlandés blanco y negro, habitante de una carpintería del barrio, alcanzaba su instintivo paraíso sin encontrar oposición alguna ni por parte de mi mascota ni por la mía, acobardado incluso sabiendo que el viejo animal apenas tenía dientes en la boca.
De esta relación nacieron doce cachorros, parto del que fui único testigo autorizado por la madre: la ayudé acercándole uno a uno a los tiernos recién nacidos para que los limpiara con la lengua, vi como los restos de sangre, la placenta y las bolsas que recubrían a los cachorros eran metódicamente devorados. Doce animales que según mis padres y otros adultos desgastarían cruelmente a la perra recién parida, siendo una alternativa el exterminio de al menos la mitad de ellos.

Pocos días después, en la terraza lavadero de mi casa, golpee la cabeza de tres de los cachorros contra el suelo hasta estar seguro de su muerte. Al primero tuve que darle tres o cuatro veces, ya que algo frenaba mi fuerza aun sabiendo que mi objetivo no era otro que acabar con el animal. Mis hermanos recriminaron mi crueldad, y mi madre puso de manifiesto su desagrado principalmente porque las paredes blancas y el suelo estaban llenos de la sangre de los perros muertos.

Cogí los otros tres cachorritos y busqué una obra apartada en el vecindario, una de aquellas en las que solía cazar gatos con la madre, y acabé con su vida. Esta vez opté por lanzarlos con todas mis fuerzas contra un muro, de tal forma que tras el primer impacto caían a una escombrera estrecha y de difícil acceso. Era ya de noche cuando me disponía a lanzar al último animal contra el muro. Estaba agotado y quizá por eso no lo lancé con suficiente fuerza, ya que desde el abismo oscuro de la escombrera surgió después un gemido agudo y persistente, el típico llanto hiriente de un cachorro. Recuerdo el nudo en la garganta, el calor en mi rostro y la ansiedad con la que llegué hasta la entrada de la sima persiguiendo los gemidos del animal malherido palpando la oscuridad, deteniéndome ante el perrito y rematándolo al saltar sobre él con todo mi peso una y otra vez, hasta que sólo existieron el silencio y el latido desbocado de mi corazón. Tenía doce años.

"no me extrañaría haber sido concebido en aquel instante"

Mira a ver.

Comentarios

¡¡dios¡¡ me has impresionado con este recuerdo, de pequeños no tuvimos perro, justo por todo eso que cuentas.Pero tu decision, me sorprende cuando menos, quizas mi punto de vista, hubiese sido el de intentar por todos lo medios salvarlos.Creo que fué algo demasiado fuerte para un chico de tu edad, y no deja de sorprenderme un poco.

Anotado por: fernan | 23/03/07

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